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Nació en Irimbo, Michoacán, en 1919, se llamaba Beatriz Sanchez Carranza y era mi abuela materna.

Ella nunca aprendió a leer porque tenía poco tiempo, mucho trabajo y demasiado corazón para repartirselo a los demás, y lo hizo, solo le importaba recordar los letreros del autobús que la llevaban de visita con su familia, distinguir los ingredientes de sus deliciosos postres, y reconocer los nombres de un pequeño directorio que enlistaba a sus amigos.

Se despidió en paz, con una tranquilidad que pocas veces gozó en vida, hoy descansa en la fresca sombra de un encino. Y recordaré siempre sus manos, esa volandería que enseñaba a cocinar sin mediar una palabra.