El Libro Bello. Gilberto Freyre (1900 – 1987)

Cena-do-odio

Este artículo del sociólogo, escritor y antropólogo pernambucano fue originalmente publicado en el Diario de Pernambuco, de Recife, el 18 de octubre de 1925, yo lo he tomado del sitio Escritorio do Livro pero antes me puse en contacto con su editora, Dorothée de Bruchard, para que, en atención a la Fundación Gilberto Freyre, la presente traducción tenga las licencias correspondientes.

CAVALO

El Libro Bello ¿Quién lo ve hoy en Brasil o en Portugal, húmedo de las entrañas en alguna prensa moderna o recién salido de las manos de algun encuadernador? Me refiero a la estética de la impresión. De la Impresión y de la encuadernación.

Hoy, por todas partes, el libro es melancolicamente inferior a lo que fué en sus comienzos, cuando todavía nacía de la caligrafía y de la iluminación, el arte del libro impreso sucedió al libro caligrafiado en el silencio de los claustros, hecho por manos finas y ascéticamente pálidas de frailes y de monjas, llenos de dulces compases y armados en extremo de paciencia para la gloria de Dios, o por el amor de Nuestra Señora, esto se conservó por algún tiempo en el arte del libro impreso, en la fuerza gótica de los tipos, en el esplendor de las viñetas, en la gracia de los angeles regordetes, en la heráldica riqueza de las iniciales rojas o verdes o de un azul místicamente celeste de los libros de horas y de los misales, todo el sabor medieval de la caligrafía.

Es este sabor medieval de la caligrafía que la técnica moderna procura restaurar. Procura rehabilitar. Ya en los Estados Unidos, como en Inglaterra y en Italia, y principalmente en Alemania -el útlimo refugio del gótico- se hacen libros que son una alegría artística para los ojos.

Este movimiento de rehabilitación de la estética de la tipografía, y de la impresión, y de la encuadernación -en suma de la estética del libro- casi no nos llegó a los brasileños y a los portugueses. Nosotros somos los países del libro feo. Del libro mal hecho. Del libro no característico. Sobre todo el Brasil.

El señor Monteiro Lobato*1 consiguó animar de cierta nota de gracia al libro brasileño. Pero ligerísima gracia. Libro bello no salió ninguno de sus manos o de sus prensas.

Recuerdo haber leído el Urupês*2, en un ejemplar de lujo que el autor había ofrecido al viejo profesor Branner. Y aquel ejemplar de lujo era una melancolía para los ojos. Una humillante melancolía para los ojos de los brasileños lejos de su tierra, contrastaba con los libros comunes que entonces me rodeaban.

En otros tiempos, aún estudiante, y en el extranjero, donde el patriotismo crítico se adormece o se ablanda naturalmente, me ofreció el señor Hélio Lobo un ejemplar del trabajo tan interesante del señor Ronald de Carvalho: Pequeña Historia de la Literatura Brasileña (Primera Edición) -el volúmen era un horror de mala impresión y de mala encuadernación-. Tuve vergüenza de prestarselo a mi brillante amigo israelita el señor Issac Goldberg, quién me lo pedía con insistencia. El libro brasileño es esto en su estética, o antes bien, en su falta de estética: una cosa vergonzosa. En general lo es también en cuanto al contenido, pues hay casos verdaderamente lamentables en que el alma de nuestros libros sufre con el horror de sus cuerpos. La patología del actual libro, como libro, es un estudio a llevar a cabo, de lo que pierde un buen poema o un buen ensayo o un buen romance en una mala impresión y en una mala encuadernación.

De mi parte, me habitué a ver en el actual libro brasileño toda la negación del decoro, ya no digo artístico, sino común. Y a mi me parece cierto lo siguiente: que los poetas tienen los tipógrafos que merecen; y el llamado “público intelectual” tiene igualmente los libros que se merece. Y la verdad es que nosotros, brasileños, no estamos todavía en la edad de hacer libros, ni intelectual ni técnicamente. Eso de hacer libros no es arte para los pueblos adolescentes y con prisa, es arte para los pueblos maduros y pacientes. Nosotros nos debemos contentar en ser asuntos de libros de viajeros europeos y en suministrar con nuestro paisaje sugerencias decorativas para artistas extranjeros.

Ahora, si el libro brasileño es vergonzoso, lo es mas aún la revista brasileña. La revista brasileña me dió un patriótico trabajo -cuando vivía en el extranjero- el de esconderla de los ojos curiosos, siempre que recibía alguna de Pernambuco o de Río o de São Paulo. En verdad considero de una ingenuidad inmensa de cretino o de una pobreza extrema de pudor patriótico, que el brasileño sea capaz de hojear a los ojos extranjeros, lejos de Brasil, las intimidades de una revista brasileña. De “Fon-Fon”*3 por ejemplo: curiosa revista donde el refinamiento muestra los artículos del señor Hermes Fontes*4 en forma de pirámide o de cruz.

Poseía [William] Morris no solo el sentido medieval del arte del libro, tan suntuosamente eclesiástico en sus días de gloria, como el trasfondo y los difíciles secretos de su técnica. Poseía inteligencia y la poseía en la punta de los dedos. El mismo [Morris] diseñó los tipos que iban a ser usados en su casa editorial, ansioso de fijar para el libro moderno, un tipo de letra pura, severa, tersa, incisiva, sin accesorios superfluos, clara, fácil de leer y deleitosa para la vista.

Ayudó en todo un gran técnico: Emery Walker. Y por el esfuerzo de esos dos hombres -difícil esfuerzo lleno de agonía- el libro fue salvo en la Inglaterra de la industrialización; y renovado en sus cualidades artísticas; y reanimado al calor y a la flama de la fuerte, expresiva y litúrgica belleza del libro medieval. Morris quiso dar al libro -y en parte lo consiguió- su dignidad antigua de trabajo de arte, no inferior de la pintura. Quiso elevar la estética tipográfica en su papel de acentuar sus cualidades, y de aguzar la delicia visual del verso y de la prosa impresa.

Cierto es que el arte tipográfico es sicologicamente un arte sin la plasticidad que el crescendo o el decrescendo de las palabras parecen a veces exigir.

Fradique [Mendes] podría tener escrito un ensayo sobre el arte tipográfico o de imprenta como aún no lo hay, o como no podrá existir.

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*1 Cuentista, ensayista y traductor. Monteiro Lobato nace en la ciudad de Taubaté, provincia de São Paulo, en el año de 1882. Lobato publicó sus primeros cuentos en periódicos y revistas, siendo este material el que poco después conformaría la serie de cuentos para su opera prima “Urupês”.

En una época en que los libros brasileños eran editados en París o en Lisboa, Lobato se convirtió en editor para editar libros también en Brasil. Con esto Lobato implantó una renovación en los libros didácticos e infantiles. Este notable escritor es bastante conocido para la niñez, pues contaba con un lenguaje sencillo, donde la realidad y la fantasía corren paralelas. Se puede decir que Monteiro Lobato fué el precursor de la literatura infantil en Brasil

*2 Urupês. Serie de catorce cuentos que hacen énfasis en la vida cotidiana y mundana del “caboclo” (mestizo de indio brasileño y europeo) a través de sus costumbres, creencias y tradiciones. Algunos de los cuentos que conforman este libro son: Los Faroleros, La Venganza de Peroba, Un Suplicio Moderno, Mi Cuento de Maupassant, Bocatorta y El Comprador de Haciendas.

*3 Revista Fon-Fon. Periódico ilustrado dedicado a las costumbres y noticias cotidianas fundado en 1907

*4 Hermes Fontes. Nace en Vila de Boquim el 28 de agosto de 1888. De inteligencia precoz estuvo bajo la tutela del Dr. Martinho Garcez, gobernador de su provincia, en 1898 lo lleva a Río de Janeiro. Ahí cursó varios estudios y empezó a publicar sus trabajos en revistas y periódicos, destacando la sección humorística “Corda Bamba” y las secciones políticas “A través de la opinión” y “A través de la Imprenta”. Colaboró en las revistas “Careta”, “Fon-Fon” y en los diarios “Tribuna”, “Atlántida”, “Folha do Día” y “Revista das Revistas” entre otras.