Del Libro Manuscrito al Libro Impreso en España. Por Manuel Sanchez Mariana.

unapagina

Presupuestos Históricos
El siglo XIII, con la creación de un corpus literario en lengua vernácula y el desarrollo de las artes renovadoras del libro patrocinados por Alfonso X, había supuesto un cambio decisivo en la producción de códices en la corona de Castilla, que había tenido también una cierta correspondencia en la corona de Aragón, donde la lengua catalana experimentó su gran expansión en la centuria siguiente. A un cierto estancamiento en tiempos de los sucesores de Alfonso X, y a un desarrollo más uniforme en los reinos orientales bajo Pedro IV, Juan I y Martín I, sucederá, a partir del segundo cuarto del siglo XV, una nueva etapa en la transmisión de los textos escritos, marcada por ciertos aires renovadores llegados, más o menos directamente, de Italia, a la que merece la pena que dediquemos aquí una atención especial.

Si nos situamos en la Castilla de los comienzos del reinado de Juan II, los hechos que anuncian el cambio son evidentes: a la floración poética y literaria en general va unida la concepción del príncipe como cultivador y protector de las artes y las ciencias, tan propias de la nueva época. Para mosén Diego de Valera, en su Doctrinal de príncipes, es digna de ensalzarse la dedicación a estas tareas de dos de los principales monarcas de su época, siguiendo los ejemplos más ilustres del pasado: “E aun en nuestros días los muy excelentes príncipes de gloriosa memoria, don Johan el segundo de este nombre de Castilla, e don Alfonso de Aragón… no menos se dieron a la a la moral filosofía e lengua latina e arte oratoria e poesía…”. [1]

Este cambio de actitud, como todos los grandes cambios históricos, lleva consigo una contradicción, manifiesta en multitud de hechos. Los contactos con el humanismo europeo surgen, por ejemplo, a través de los castellanos que acuden al Concilio de Basilea, como el obispo de Burgos, don Alonso de Cartagena, cuya polémica con Leonardo Bruni acerca de la traducción de la Ética de Aristóteles revela las bases medievales sobre las que, inevitablemente, se sustentaba su criterio, pese a su afán por incorporarse a las nuevas corrientes del humanismo. Pero el hecho de que el propio Leonardo Bruni dedicara su traducción latina de la Política de Aristóteles a Juan II de Castilla, o de que este monarca recibiese también la versión de la Ilíada de Pier Candido Decembrio (por no referirnos a las traducciones castellanas de Séneca por el propio Alonso de Cartagena, o al intento de traducción de la Ilíada por Juan de Mena), revela que la semilla estaba presta a fructificar. El tipo de contradicciones al que nos referíamos es todavía más patente en la figura del incipiente humanista de la nobleza, el Marqués de Santillana, literato “no latino” que intenta asimilar las bases del nuevo pensamiento partiendo de fundamentos arcaicos, y que por otro lado no es tampoco caso único, ya que, aunque no tengan la categoría de creadores literarios, no son muy diferentes las actitudes ante las letras del Conde de Haro, del Conde de Benavente, o de otras figuras de la nobleza castellana de la primera mitad del siglo XV. [2]

El caso de la corona de Aragón es distinto, y no solo en la medida en que la experiencia de la transformación del humanismo se vive desde las propias fuentes; los casos de Alfonso V, o del Príncipe de Viana, son especiales por haberse constituido en “centros” del humanismo en sí mismos, el uno en su corte napolitana, el otro en sus sucesivas residencias en Nápoles y Sicilia, donde conecta con intelectuales tan destacados como el helenista Teodoro Gaza. En los intelectuales residentes en los reinos orientales de la Península Ibérica se manifiesta una pluralidad de influencias, que van desde la de la poesía provenzal hasta la que llega de Italia en un flujo cada vez más constante, sin dejar de lado la pujante corriente castellanizante que corresponde a la época de máxima potencia de Castilla dentro del ámbito peninsular. [3]

Un cambio cualitativo de importante trascendencia encontramos en los años que se corresponden con la introducción y primera expansión de la imprenta en la España de los Reyes Católicos. Las manifestaciones más visibles y repetidas serían el aprendizaje de la lengua latina por la propia reina Isabel, el hecho de que instruya en ella a sus hijos, la venida a la corte de humanistas como Pedro Mártir de Anglería y Lucio Marineo Sículo. Pero hay otros hechos todavía más significativos de la extensión de este espíritu, como pueden ser el establecimiento de una cátedra de griego en Salamanca en 1490, la monumental empresa de la Biblia Políglota Complutense, o la propia creación de la Universidad de Alcalá. La actitud de los intelectuales de esta época es ya claramente crítica y renovadora, y en nadie aparece personalizada con más nitidez que en el gran Antonio de Nebrija, formado conscientemente en Italia para restituir “en la posesión de su tierra perdida los autores del latín, que estaban ya, muchos siglos había, desterrados de España” [4]. En su misión de desterrar la barbarie e incorporar a los españoles a las nuevas corrientes del pensamiento europeo, Nebrija, figura clave, por otro lado, en la difusión de los conocimientos a través de la imprenta, logró sin duda su propósito de enseñar la gramática latina a bastantes generaciones de españoles.[5]

Los mediados del siglo XV son sin duda uno de los periodos decisivos de la historia del libro, y en general una época de grandes transformaciones en la historia de Europa que propiciará el cambio más trascendente en la elaboración y difusión del pensamiento escrito. Este es, sin duda, el momento clave de la transformación del sistema básico de transmisión de los conocimientos: del manuscrito al impreso.

Características generales del códice del siglo XV en los reinos peninsulares
Si algo diferencia claramente y por encima de todo al códice castellano del siglo XV respecto al de épocas anteriores es la considerable ampliación de su temática; y si hubiéramos de buscar otra nota especialmente característica, señalaríamos el predominio de los textos castellanos sobre los latinos. Quizá en ninguna época anterior se habían hallado en los textos copiados en los códices autores de épocas tan diferentes: textos de la antigüedad clásica, manuales de autores de la edad media, obras de los dos siglos precedentes, abundantes autores nuevos. Y todos éstos, tanto en sus originales latinos como en versiones castellanas cada vez más abundantes.

En cuanto a la temática, la religiosa, que sigue abundando, cede el paso en buena parte a los textos filosóficos, históricos o gramaticales, a los literarios, de los que se aprecia notable incremento, e incluso a las obras de contenido científico e informativo.

El aspecto físico del códice castellano del siglo XV es, en general, bastante modesto, si lo comparamos con el de otras épocas y otros ámbitos geográficos. Su material predominante es el papel, sobre el que se delimita el espacio de la escritura con cuatro líneas trazadas a punta de plomo; los renglones se marcan a punta seca, o también a punta de plomo. El uso del pergamino, o de bifolios de pergamino que refuerzan los cuadernos de papel, también puede encontrarse, aunque en una proporción bastante pequeña. Los formatos son bastante uniformes, dentro de una preferencia por tamaños más bien grandes, y no dejan de guardar relación con los textos que transmiten: para los textos literarios en castellano se prefiere un formato en folio no muy grande, mientras que para las crónicas u obras históricas se suele utilizar un folio mayor; en cambio, el formato 4º se suele reservar para textos de carácter más personal, como recopilaciones misceláneas o apuntes particulares.

Los sistemas de escritura están, en general, dentro de las variedades de la gótica, con notable influencia de la cursiva, aunque ya se encuentra la humanística italianizante. La preponderancia es de la semigótica o redonda de libros, para los textos castellanos, y de la bastarda para los textos latinos (utilizados frecuentemente en las universidades), e incluso para los castellanos de uso universitario; al lado de la gótica caligráfica tradicional, utilizada sobre todo para textos litúrgicos copiados con más lujo o esmero. La humanística aparece ya, con un carácter muy italianizante y regular, a mediados del siglo XV, pero su uso no es normal en Castilla hasta finales de siglo.

La decoración e ilustración no suelen ser muy abundantes, como corresponde a libros copiados para ser utilizados por su texto y no con carácter suntuario; Aunque tienen el suficiente interés como para merecer el estudio detallado y general de que todavía no han sido objeto. Más adelante detallaremos un poco esto. [6]

Los códices producidos en los reinos orientales de la Península Ibérica presentan unas características más variadas, fruto de las diversas influencias a que nos hemos referido más arriba, con empleo de las escrituras gótica, semigótica, bastarda, cursiva y, ya en la segunda mitad del siglo, humanística. La decoración, en cambio, es más rica y variada, como veremos más adelante.

Características materiales de los códices

a) El soporte de la escritura
Desde comienzos del siglo XV el predominio del uso del papel como soporte de la escritura es general, y diríamos que prácticamente único para cierta clase de textos: los literarios, históricos o científicos destinados a ser difundidos en el medio universitario o en el de los lectores corrientes. Excluiríamos las copias de lujo para los reyes o grandes personajes de la nobleza o de la Iglesia, para las que en ocasiones, aunque no siempre, se usó el pergamino; también se copian frecuentemente sobre pergamino los textos litúrgicos para uso de monasterios e iglesias, o incluso los de este destino aunque su contenido no sea específicamente litúrgico. En cualquier caso, la proporción de los códices copiados sobre pergamino sobre los de papel desciende considerablemente respecto a la centuria anterior. El uso de la combinación de pergamino y papel no es demasiado frecuente en Castilla, y aparece algo más en Aragón, lo que se suele asociar a la influencia humanística; el afán de dotar a los códices no solo de una mayor solidez, sino también de una apariencia más rica, llevó en ocasiones al empleo del pergamino solo en la primera hoja del libro, o a veces en el bifolio exterior del primer cuaderno.

La calidad del papel suele ser buena por su cuerpo, solidez y color. La procedencia de los papeles utilizados para escribir en el siglo XV no siempre está demasiado clara, pues aunque la importación de papel en grandes cantidades de Italia o de Francia parece indudable, no hay que descartar el posible abastecimiento de talleres autóctonos; aunque en los últimos años se ha avanzado bastante en el estudio de las fábricas de papel en España, su reflejo en la práctica del uso en los códices no es muy conocido. Las filigranas que se aprecian más frecuentemente (con motivos de manos y estrellas, cabezas de toro, carros, balanzas, tijeras, montes con luna, etc.) no resultan muy diferentes de las que pueden encontrarse en códices copiados en otras partes de Europa, aunque probablemente tales motivos se repetían o imitaban.

En el caso del uso del pergamino, es bastante general la buena preparación que en ocasiones ya se apreciaba en el siglo XIV (en el que podía encontrarse también el otro extremo de una gran tosquedad), aunque de cualquier modo sin llegar a la blancura y uniformidad de los códices italianos de los grandes talleres.

b) Los formatos
El tamaño del pliego de papel sin doblar es variable, y puede oscilar entre los 30 a 35 cm. de alto por los 45 a 50 cm. de ancho; existen pliegos de tamaño mayor para los grandes formatos, que pueden llegar a medir los 45 por 60 cm., aunque no son los más frecuentes.

El tamaño más frecuente de los códices en papel, tal como lo encontramos hoy día, correspondiente a pliegos que han sido cortados al encuadernar, es de una altura de entre los 26 y los 30 cm. para plegados en folio. Hay, por supuesto, algunos códices de más altura, alcanzando alrededor de los 40 cm. los de las crónicas en grandes formatos; pero más frecuentes son los de altura menor a la fijada como típica, y en ocasiones corresponden también a plegados en folio. Los plegados en cuarto son menos corrientes, y otro tipo de plegados son extremadamente raros.

c) La composición de los cuadernos
El tipo de cuaderno más frecuentemente existente es el senión, es decir, el formado por doce folios; son frecuentes también los cuadernos formados por diez folios, y también los de ocho, correspondiendo siempre a plegados en folio y a cuadernos formados por varios pliegos metidos unos dentro de otros. Tampoco son raros los cuadernos de más folios, en papel o en pergamino, correspondientes a plegados de papel en folio o en cuarto, existiendo cuadernos de hasta treinta folios.

d) La preparación del soporte
El pautado del pergamino es más complejo y variado en esta época, pues se hace tanto en tinta muy tenue de color violeta como a punta seca muy marcada o a punta de plomo; el punteado para los renglones puede mantenerse en el margen.

El pautado del papel, material preponderante como dijimos, suele ser más simple, ya sea con cuatro líneas que delimitan la caja de la escritura, con lápiz de plomo y por las dos caras, o bien a dos columnas. Se combina la delimitación del espacio de la escritura a punta de plomo con el rayado de los renglones a punta seca, aunque en ocasiones también se hace con lápiz de plomo. El punteado para las líneas que delimitan la caja se suele ver, pero el marginal para los renglones se hace muy al extremo, con el fin de ser cortado por la cuchilla del encuadernador.

e) La ordenación de los cuadernos
Se mantienen los sistemas tradicionales de ordenación de los cuadernos, que se combinan y se hacen más complejos. Encontramos los tres sistemas que ya existían ocasionalmente, y en un mismo códice pueden aparecer más de uno de ellos o incluso los tres: los reclamos, las signaturas y la foliación.

Los reclamos, que además de servir para ordenar los cuadernos facilitaban una hilación al pasar de página en la lectura oral, se generalizan, colocándose junto al margen derecho de la página, debajo de la última palabra de su texto, a veces orlados o decorados o en sentido vertical. Aunque en principio lo normal era colocarlos al fin de cada cuaderno, a veces se ponen en cada página; suele escribirse la palabra con que comienza el cuaderno (o página) siguiente, pero a veces se pone solo una sílaba o dos de dicha palabra.

El sistema de signaturas es el de uso más antiguo, aunque en el siglo XV se hace más variado, complejo y detallado, numerándose o signándose no solo los cuadernos, sino los bifolios que lo forman. Pueden numerarse los bifolios (o incluso las hojas) de cada cuaderno independientemente, o bien asignar una letra (u ocasionalmente un número) a cada cuaderno, y luego numerar con cifras romanas o arábigas los bifolios (o las hojas) del cuaderno. Dentro de este esquema podemos encontrar gran variedad. Contrariamente al reclamo, que se asimila como elemento de la página visible, las signaturas tratan de ocultarse, bien colocándolas en el margen inferior para ser cortadas, escondiéndolas dentro de la caja de escritura, o escribiéndolas con tinta más tenue; por lo que un códice pudo tener signaturas aunque hoy no las veamos, y de hecho en alguno se ha conservado algún rastro semicortado en unas pocas páginas o incluso en una sola.

El incremento del uso del sistema de signaturas en el siglo XV puede estar relacionado con el aumento del número de hojas de cada cuaderno, ya que, como antes se dijo, los cuadernos de doce hojas, o incluso de más, eran frecuentes, y su manejo podía resultar complicado sin un sistema de ordenación. El procedimiento de copia de los textos universitarios en esa época, en que era frecuente alterar el orden de trascripción de los textos o incluso intercalar otros después de copiados, impuso probablemente el que se optase por el sistema de signaturas para ordenar los elementos del libro, antes que por la foliación.

Porque la foliación es el sistema más normal y cómodo de ordenar las hojas de un libro, pero siempre que el texto se copie seguido y sin alteraciones, o bien que la numeración de sus elementos se haga a posteriori. Esto no ocurre hasta que el libro se imprime (no es normal, aunque sí posible, que se intercale un texto en el proceso de impresión), y por eso, cuando se generaliza la difusión de los textos a través de la imprenta, se generaliza también (pero no antes), el uso de la foliación o paginación para ordenar las unidades físicas que componen un libro.

De hecho, en los manuscritos, es muy raro que aparezca la foliación antes del siglo XV, e incluso en esa centuria no es frecuente; cuando aparece, figura en números romanos, y siempre sólo en el recto de la hoja, pues una numeración de las páginas no la hemos encontrado nunca.

Téngase en cuenta que la foliación o paginación tiene, en el libro moderno, otra finalidad distinta que la ordenación de los elementos del libro (hasta hoy mismo se ha mantenido la numeración de los cuadernos con la finalidad de ordenación), que es la de marcar la secuencia del texto, orientarse dentro de él, y facilitar las citas o referencias; de modo que se hace más para el lector que para el encuadernador. Algo que no tenía cabida, todavía, en la mentalidad del lector medieval.

f) La escritura
Ya hemos hecho más arriba algunas indicaciones acerca de las escrituras que aparecen en los códices hispanos del siglo XV. Todos los sistemas caligráficos existentes, incluyendo las escrituras documentales, y en ningún momento de la edad media fueron tan variados, tienen su reflejo en las grafías utilizadas en los códices. La escritura gótica más tradicional y caligráfica, las variedades que se suelen denominar redonda y bastarda, las distintas grafías cursivas, incluyendo la cortesana documental, y las escrituras humanísticas, con sus propias variedades, podemos encontrarlas en su uso librario en esta época.

La gótica tradicional aparece sobre todo en los códices litúrgicos en pergamino. Dentro de este sistema de escritura, que en principio podría parecernos como bastante uniforme, encontramos también una serie de variedades: desde la típica escritura angulosa y vertical de los dos siglos anteriores hasta otra de módulo más cuadrado, ejecutada en tinta de color negro intenso. A veces no solo se tiende al módulo cuadrado, sino que se redondea la letra, al parecer por influencia humanística. En los códices en papel, cuando se utiliza esta gótica caligráfica hay una tendencia a ejecutarla con menos regularidad, aproximándose a la variedad que llamamos redonda de libros.

La escritura típica castellana de la época es la que, desde la época de Millares, se viene denominando semigótica o redonda de libros, aunque se han propuesto otras denominaciones. Se caracteriza por su redondez, por mezclar elementos de la gótica con los de la cursiva, y por su trazado con pluma muy abierta que le proporciona su característica distinción entre trazos gruesos y perfiles finos. Aunque se parece a otras caligrafías góticas librarias influidas por la cursiva, presenta un aspecto propio e inconfundible, y resulta de lectura fácil y cómoda. Se ha señalado su derivación de las escrituras documentales, pero no es ni más ni menos que una adaptación de la gótica para uso librario en un medio en el que los códices se producen no por grandes talleres, sino por copistas individuales de formación ocasional. Aunque esta escritura presenta una mayor extensión en Castilla es también utilizada en los reinos orientales de la Península; algunos cancioneros copiados en ellos, tanto en lengua castellana como catalana, aparecen copiados en papel, en una escritura semigótica muy regular, que acusa ya cierta influencia humanística, con iniciales caligráficas muy desarrolladas en los márgenes en las que la forma de la letra se pierde entre los múltiples trazos de la decoración. También en esta misma escritura, o en cursiva, y en volúmenes de gran tamaño, se suelen copiar los textos de las grandes crónicas catalanas.

La escritura que se suele conocer como bastarda responde también a un origen y a un uso similares, pues se trata también de una escritura gótica cursiva, de origen francés, adaptada para uso librario. Es característica una forma de la letra “d” que no se encuentra en otros sistemas. En el siglo XV se emplea especialmente para los textos latinos en los códices en papel o en pergamino, y particularmente para los códices universitarios, es decir, para aquellos que contienen textos de carácter jurídico, teológico, u otros que eventualmente se copien para su uso en la docencia, tal como la encontramos, por ejemplo (y por citar uno de los numerosos casos posibles), en el ms. 10269 de la Biblioteca Nacional, de la Summa moralium libri Ethicorum Aristotelis iuxta expositionem Thome de Aquino, copiado en Guadalajara en 1458. Dentro de la bastarda encontramos también algunas variedades que manifiestan una mayor cursividad, o una mayor influencia de la redonda, o una mayor regularidad impuesta por el uso humanístico.

El uso de una cursiva muy similar a la documental no es raro en los códices castellanos o aragoneses. Ejemplos serían el códice del Libro de buen amor de la Real Academia Española, o el ms. 2153 de la Biblioteca Nacional, con la curiosa Cirugía rimada de Diego de Cobos, en escritura cortesana.

La escritura humanística aparece ya claramente formada en Castilla a mediados del siglo XV, en el Policraticus de Juan de Salisbury copiado por García, familiar del arzobispo de Toledo don Alfonso Carrillo, en Alcalá, en 1452, aunque su empleo en el medio castellano no sea muy frecuente, y en el último cuarto del siglo aparezca bastante influida por la cursiva. En Aragón no parece que su uso sea más temprano, ya que los ejemplos fechados más antiguos que conocemos son también de la segunda mitad del siglo, como el De ente et essentia de Santo Tomás, ms. 4292 de la Biblioteca Nacional (Barcelona, 1463), o las Opera de Salustio del Escorial, ms. O.III.6 (Tarragona, 1469); aunque lo que sí es indudable es que será más extensivo a partir de esta época. [7]

g) La decoración
En Castilla distinguiríamos dos tipos de ilustración: la que denominaríamos de tipo ecléctico, con orlas imitativas de las de Borgoña o Flandes, incorporando a veces elementos italianizantes, desarrollada sobre todo, aunque no exclusivamente, en códices litúrgicos, con algunos talleres destacados, como el de Burgo de Osma; y la que desarrolla una ilustración historiada relativa al texto, generalmente en castellano, más tosca pero llena de gracia y expresividad (de la que hay también ejemplos en el siglo anterior), tal como la que podemos encontrar en la Biblia de Alba (Colección de los Duques de Alba), en los Castigos y documentos de Sancho IV, o en el Tito Livio que perteneció el conde de Benavente (éstos dos en la Biblioteca Nacional). Dentro de este tipo de decoración encontramos algunos códices con una ilustración de carácter popular, sin pretensiones artísticas, pero que dota al códice de una gracia indudable, como la que adorna a la Cirugía rimada de Diego de Cobos, de la Biblioteca Nacional; y no solo en Castilla, pues por ejemplo la de la Crónica de Ramón Muntaner de la Biblioteca del Escorial (K.I.6) es de parecida estética. [8]

Por otro lado, en Aragón nos encontramos con una producción de manuscritos de carácter humanístico que no tiene igual en Castilla en esta época, donde los ejemplos que nos surgen son aislados, mientras que aquí hay una producción regular, de clara influencia italiana, con talleres establecidos en Cataluña y en Valencia en los que se desarrolla una producción de libros de lujo copiados en pergamino e iluminados en estilos que reflejan los de la pintura de la época, desarrollados a veces con gran perfección por artistas que crean dinastías (los Destorrents, Martorell, etc. en Cataluña, los Crespí en Valencia). Los códices se copian, bien en escritura gótica (los litúrgicos, los legales), bien en humanística (textos literarios o en general de carácter profano, dedicados a veces a los reyes), sobre pergamino cuya preparación imita (aunque sin llegar a su perfección) a la de los libros italianos, en diversidad de formatos que procuran adaptarse a las características del texto. No hacemos aquí referencia expresa a la producción desarrollada en Italia bajo Alfonso V y sus sucesores.

El Misal de Santa Eulalia de la Catedral de Barcelona, obra italianizante de Rafael Destorrents, el rico Breviario del rey Martín de la Bibliothèque Nationale de Paris, del taller de Poblet, los Comentario a los Usatges de Jaime Marquilles, del Archivo de Barcelona, iluminado por Bernat Martorell, o el Libre del Consolat de Mar del Ayuntamiento de Valencia, de Domingo Crespí, son solamente algunas de las obras maestras que podemos citar para atestiguar lo dicho. [9]

Del manuscrito al impreso
a) Elementos del manuscrito que incorporan los impresos
El primitivo impreso parte del manuscrito, por lo que parece lógico que incorpore bastantes elementos del libro de la época. Esto es así en parte, aunque también se establece pronto una tipología independiente, impuesta por el procedimiento mecánico de la reproducción. Los grandes estudiosos de las características del libro incunable en general han establecido los elementos tipológicos que adopta a partir de la experiencia del libro manual, especialmente en el primitivo ámbito germánico. [10]

El primer elemento tomado del libro manuscrito es la materia con la que se elabora el impreso, el papel. Como ocurre con los manuscritos del siglo XV, el primitivo impreso tiende a formar cuadernos constituidos por unas hojas dentro de otras, dando lugar en muchos casos a quinternos (es decir, cuadernos de diez hojas); costumbre que se desecha a finales del siglo XV, cuando ya cada cuaderno aparece constituido por un solo pliego, que además se imprime entero de una vez. Ya vimos que en los manuscritos hispanos era frecuente el cuaderno de doce hojas. Sin duda era igualmente frecuente el doblar el pliego una sola vez para formar los cuadernos de los volúmenes en gran folio (con pliegos de 50×70 cm.), o en folio normal (pliegos de 30×50 cm.). El resumen de lo dicho es una tendencia a la uniformidad, que se concretará en la última década del siglo, respecto a la calidad del papel, los formatos y la composición de los cuadernos; frente a la variedad que encontramos en los manuscritos.
La existencia en los códices de unos sistemas de preparación que daban un aspecto uniforme a las páginas de un libro, con el establecimiento del espacio de la escritura a línea tirada o a dos columnas, facilitó sin duda la tarea a los primeros tipógrafos, que apenas tuvieron que hacer más que copiar para la caja de imprenta los usos de los códices. Si existía una práctica en la delimitación del espacio de la escritura en la página, ésta se siguió hasta cierto punto, con variantes equivalentes a las de los distintos talleres de copistas. Así, el empleo de la doble columna para los códices de gran formato (especialmente las Biblias), o para los de contenido litúrgico, o también para los textos de tipo universitario, si no es norma general, si es práctica muy extendida que adoptarán los primeros tipógrafos; aunque las prácticas de determinadas zonas geográficas se impongan en ocasiones. También es práctica heredada el empleo de la doble columna en los textos en folio en escritura gótica, mientras que la humanística prefiere la línea tirada. Nada de esto resulta extraño para los incunabulistas.

Si, copiado el texto, era necesario evitar el transtrueque incluyendo signos que indicaran el orden correcto de los cuadernos, esta misma problemática se da considerablemente ampliada en el caso de los impresos, ya que las posibilidades de error se multiplicaban por el número de ejemplares tirados; aunque parece como si los impresores tardaran en darse cuenta de esto, ya que los primeros impresos, al parecer, prescindían de estos sistemas; aunque probablemente se usaban manuscritos, al borde, para luego ser cortados. Los mismos sistemas de ordenación que hemos referido para los códices se dan para los impresos: los reclamos, las signaturas y la foliación

Está claro que el sistema de los reclamos, de gran antigüedad en los códices, lo toman los impresores de la práctica habitual en éstos. Parece extraño que no aparezca en los impresos más primitivos, y que cuando se generaliza, en la década de los 70, aparezca más bien al final de los cuadernos (aunque también hay casos de reclamos de página), pero esto mismo prueba su carácter eminentemente práctico con la finalidad de ordenación. En los impresores italianos se da la colocación vertical, como la encontramos también en códices, pero lo más frecuente es ponerla al pie de la caja y a la derecha, aunque, como en los manuscritos, hay variedad de procedimientos.

Ya hemos visto que el sistema de signaturas es normal en los manuscritos desde más de un siglo antes de la existencia de la imprenta, y por tanto los impresores no hubieron de inventar nada en este sentido, sino adaptar y unificar lo existente. Como en el caso de los reclamos, en la primera época se escriben a mano para ser cortados por la cuchilla (lo que se hace durante bastante tiempo en Italia), y su inclusión impresa viene a coincidir cronológicamente también con la de los reclamos; solo que el impresor, a diferencia del que preparaba el códice en el taller del copista, opta por uno de los dos procedimientos, y si usa uno prescinde del otro. Se solían poner signaturas en las hojas de la primera mitad del pliego, de forma que la combinación de letras con números romanos (o en ocasiones arábigos) permitiera ordenar tanto los cuadernos en el libro como las hojas en cada cuaderno. Las variaciones que en la colocación de las signaturas y en la forma de indicar el orden se encuentran a veces, no hacen sino reflejar la gran variedad en este sentido que habíamos apreciado en los códices, aunque aquí la uniformidad se impone en no muchos años.

La foliación se encuentra en manuscritos desde aproximadamente la misma época en que aparecen los reclamos, aunque mucho menos generalizada que éstos, por lo que no es extraño que no aparezca en la etapa más primitiva del impreso. Como ocurrió con los reclamos y las signaturas, se añadió a mano durante algunos años, y empezó a utilizarse impresa hacia 1470. El estudio de las variedades que pueden aparecer en los impresos no es de este lugar [11]. Como tampoco lo es el examen del procedimiento de incluir, generalmente al final del volumen, un registro de los pliegos, con las palabras iniciales de cada uno de éstos, que viene a resumir con carácter práctico los sistemas de ordenación expuestos, ya que se trata de una práctica exclusiva de los impresores sin antecedente en los manuscritos.

En cuanto a los procedimientos de reproducción de la escritura de los manuscritos, la primitiva imprenta se preocupa, en primer lugar, en asimilar la forma de las letras para trazar el diseño de los tipos, y en segundo lugar, en adoptar algunos signos especiales o enlaces de letras que imitasen los de la escritura manual. En cuanto a lo primero, la uniformidad se va imponiendo con el tiempo, aunque cada letrería contiene unas características propias; y en cuanto a lo segundo, la variedad de enlaces diseñada por Gutenberg en su afán de copiar la escritura manuscrita se va simplificando considerablemente con la práctica en tiempo de sus sucesores. Los sistemas de escritura empleados son la gótica “de misal”, propia de los libros litúrgicos, las gótica más sencilla, las cursivas, y la humanística redonda, siguiendo frecuentemente los usos locales. Aunque la extensión de los impresores alemanes por buena parte de Europa hace, por un lado, que se difundan y unifiquen sus letrerías góticas, y por otro, que adopten por primera vez la letra redonda.

La decoración del libro impreso primitivo también tiene su fundamento en los manuscritos. Dejando ahora de lado los elementos añadidos a mano (orlas o iniciales) a los que nos referiremos más adelante, las iniciales grabadas impresas aparecen desde los primeros tiempos de la imprenta con un carácter bastante cercano a las de los códices, aunque luego se van uniformando. Los tacos utilizados por la imprenta, que encuadran la letra rellenando el espacio con elementos vegetales, van adquiriendo un aspecto cada vez más estereotipado, aunque los impresores italianos, al introducir figuras humanas o animales y otros elementos decorativos, renuevan el sistema decorativo. Las orlas al comienzo del texto, en una etapa ya más avanzada, imitan también las de los manuscritos humanísticos (principalmente los italianos) con semejantes elementos decorativos. En cuanto a las escenas que ilustran el texto, ejecutadas por medio de las “entalladuras” en tacos xilográficos (el grabado sobre metal no deja de ser una rareza), se fundamentan también en los sistemas de ilustración de los códices, aunque la nueva técnica impone unas limitaciones y unos procedimientos determinados, entre los que se encontrarían la importación de tacos germánicos por los impresores de esa procedencia, la copia fiel de grabados de otras ediciones, etc. También aporta novedades, como la inclusión de grabados desplegables. [12]

b) Partes manuscritas en los primitivos impresos
Frecuentemente los impresos, sobre todo los más tempranos, dejaron algunos espacios en blanco para ser completados a mano. El caso más antiguo y más claro es el de la Biblia de 42 líneas, para la que se imprimieron aparte los textos de los títulos de partes que el copista tenía que añadir a mano con tinta roja; pero también se siguió el mismo procedimiento para otras Biblias impresas en Maguncia o en Estrasburgo, e incluso para otras ediciones en esta última ciudad, en el primer cuarto de siglo de la imprenta. Los rubricadores actuaban a veces a modo de correctores, señalando en el texto o al margen los errores que encontraban al hacer su revisión; o incluso añadiendo tablas o índices que completaban el libro.

Ya hemos indicado cómo los reclamos, las signaturas o la foliación pueden ir escritos a mano, sobre todo en las ediciones más antiguas, igual que irían en un manuscrito. Sin embargo, los elementos que con más frecuencia encontraremos añadidos a mano en los incunables son las iniciales; los calígrafos que ejecutaban estas iniciales en rojo y azul nos han dejado en algunos casos, correspondientes a la imprenta primitiva, sus nombres y la fecha de su trabajo. La inicial impresa para guiar al calígrafo que los impresores ponían en los huecos que dejaban con este fin tiene su antecedente en las letritas escritas en los códices, en el siglo XV e incluso anteriormente, tanto en el hueco dejado como en el margen, a veces incluso junto al doblez del cosido, para disimularla. También los impresos podían llevar la letra indicadora puesta a mano.

Las ilustraciones serían frecuentemente obra de los mismos iluminadores que trabajaban en manuscritos. En los primeros tiempos de la imprenta es frecuente ilustrar con orlas las páginas iniciales de los impresos más importantes, como las Biblias, sobre todo en los ejemplares que se tiraban sobre pergamino. En épocas ya no tan primitivas se siguen iluminando, aunque con menos frecuencia, las primeras páginas o las letras iniciales, sobre todo en Italia, siguiendo los estilos de iluminación de la época, en ejemplares en papel destinados a bibliófilos que así los requerían. En éstos se pintaba también a veces el escudo del propietario, tal como podía aparecer en la orla de un manuscrito. Pero lo que es más frecuente en estos años de difusión de la imprenta es la iluminación de los grabados, que se lleva a cabo en obras litúrgicas (misales, libros de horas), en obras históricas (el Liber chronicarum de Schedel), etc., con gusto y acierto muy variable que oscila entre la iluminación minuciosa y la simple coloración descuidada.

Examen de algunos ejemplos complutenses
Examinemos, a modo de ejemplificación, algunos casos de lo observado anteriormente entre los códices y los incunables de procedencia complutense.

a) Códices.
El análisis que sigue se basa en el examen del fondo de códices de la Biblioteca de la Universidad Complutense procedentes de la antigua de Alcalá, de los que hemos seleccionado los veinticinco que nos han parecido más representativos para el estudio de los elementos codicológicos que permiten conocer las características de copia y ordenación de los cuadernos que pudieron influir en los primeros impresores; pertenecen a los siglos XIII a XV, ya que algunas de estas características se originan en época bastante anterior; son los mss. 35, 37, 45, 49, 56, 58, 63, 64, 65, 67, 68, 70, 71, 77, 79, 96, 104, 106, 107, 111, 114, 120, 137, 141 y 152.[13]

Dos de los manuscritos examinados los hemos fechado en el siglo XIII, y están copiados sobre pergamino (Mss. 35 y 45). Siete de ellos los hemos asignado al siglo XIV, e igualmente están sobre pergamino (Mss. 56, 58, 70, 71, 104, 107 y 120). Los restantes están fechados en el siglo XV, y tres de ellos están copiados sobre pergamino (Mss. 68, 111 y 141) mientras que los trece restantes están sobre papel. La proporción es suficientemente expresiva de la extensión del uso librario del papel en el siglo XV.

El punteado marginal para trazar los renglones está cortado en la mayor parte de los casos, aunque frecuentemente quedan restos en alguna página. En uno de los más antiguos aquí examinados, el ms. 35, fechable en el siglo XIII, aparece un punteado a los dos lados de cada hoja. El pautado es, en la totalidad de los casos, o a punta de plomo (en la mayor parte), o a tinta muy diluida. Predominan los textos copiados a dos columnas, aunque la variedad de formatos impone la línea tirada en los más pequeños.

Aparecen prácticamente todos los sistemas de escritura de uso en la época (variedades de la gótica, bastarda, cursiva, redonda, humanística), aunque por el tipo de textos copiados predomina la escritura bastarda; se trata en buena parte de textos típicamente universitarios (de teología, filosofía, leyes, letras, ciencias), que por la forma de estar copiados y por las adiciones o anotaciones marginales evidencian este uso, aunque no hemos detectado en ningún caso la procedencia de un ejemplar a través de anotaciones de pecia.

El predominio del cuaderno de doce hojas, como ya habíamos comprobado en otras ocasiones y otros fondos, es apreciable, pues aparece en catorce casos, es decir, en más de la mitad; los restantes casos, con cuadernos de 8, 10, 14 y 16 hojas, corresponden la mayor parte de las veces (incluso en el caso de los cuadernos de 16 hojas, en el ms. 49) a formatos más pequeños.

Algunos de los códices examinados tienen indicaciones al margen con una letra de la inicial que había de dibujar el rubricador. Así, por ejemplo, el ms. 35 (del siglo XIII) tiene las letras de guía en el extremo de los márgenes, en los exteriores frecuentemente cortadas, y en los interiores junto al doblez del cosido de la encuadernación. Los mss. 70, 71 y 120 (siglo XIV) en el margen, más visible. El ms. 152 (siglo XV), con letras en los huecos que quedaron sin dibujar las iniciales.

El uso de reclamos al fin de los cuadernos es prácticamente general, aunque en la segunda mitad del siglo XV, correspondiendo quizá a una época en que ya existe la imprenta, y en algunos manuscritos humanísticos, se tiende a eliminar de la vista todo lo que no sea el texto del libro, y también desaparecen los reclamos. Suelen aparecer en el centro de la página o a la derecha, en la parte inferior de la última página de cada cuaderno. En un caso (Ms. 152, del siglo XV, en papel y en castellano) se ponen reclamos al fin de cada hoja; pero en otro (el ms. 37) aparecen tras el texto de cada hoja en la primera mitad del cuaderno y casi ocultos junto a la escritura. En algunos casos se escriben verticalmente (Ms. 45, del siglo XIII; ms. 63, del siglo XV), o bien se inscriben en una cartela decorada (con forma de peces, en el ms. 107, del siglo XIV; con otros motivos, en los mss. 111 ó 137, del siglo XV). Los reclamos a veces incluyen varias palabras del comienzo de la página siguiente (de dos a cuatro), como en los mss. 37 y 111 (del siglo XV).

La mayor parte de los manuscritos examinados tienen algún sistema de signaturas, y los que no lo tienen presumiblemente lo tuvieron y la cuchilla lo eliminó, voluntaria o inconscientemente, al encuadernar. En la forma de signar los cuadernos hay una gran variedad, como ya habíamos hecho constar más arriba; en el siglo XIV se utilizan sistemas más primitivos o irregulares (sólo letras o números, mezcla de sistemas, señalización de la mitad del cuaderno, etc.), mientras que en el siglo XV, dentro de la diversidad, tiende a generalizarse el empleo de letras y números, bien sean arábigos o romanos. En general, las signaturas, que tienen por objeto ordenar las hojas dentro del cuaderno, y a veces también los cuadernos dentro del libro, constan de números, o de letras y números, asignados a cada bifolio, y que se hacen constar en la primera mitad del cuaderno. Encontramos signaturas de números romanos solamente en el ms. 49, y de sólo números arábigos en los mss. 107 (del siglo XIV), 64, 67 y 111; en otro manuscrito más, el 65, encontramos números arábigos al verso de los folios, aunque en parte del manuscrito aparecen también signaturas de letras y números romanos al recto. No es este el único caso que vemos de combinación de dos tipos de signaturas, pues en el ms. 68 aparecen números arábigos, a tinta, en el centro del folio, y en el ángulo, signaturas de letras y números romanos (sustituidos a veces por rayas horizontales, tantas como el número a expresar), a lápiz de plomo, tinta marrón o tinta roja. En un solo caso, el ms. 129 (del siglo XIV), encontramos solamente letras.

También es frecuente encontrar la combinación de letras y números romanos, como luego recogerá la imprenta, de lo que ya llevamos citados dos casos, a los que habría que añadir los mss. 56, 58 (ambos del siglo XIV), 63, 77 (que en parte lleva una numeración de los cuadernos en números romanos, en la primera hoja), 68, 114 (con signaturas a lápiz de plomo), y 137. La combinación de letras y números arábigos es así mismo frecuente, como la encontramos en los mss. 79 (en este caso en la totalidad de las hojas del cuaderno), 96, y 141 (que además lleva letras mayúsculas sucesivas al final de cada cuaderno que coinciden con la del principio del cuaderno siguiente). Otro sistema de signaturas es el de las rayas horizontales, que encontramos en el ms. 56 (del siglo XIV), en el que aparecen al verso del folio de una a cuatro rayas, y una V para la quinta hoja (en cuadernos de 10 hojas); la combinación de letras y rayas horizontales aparece en el ms. 104.

En algún caso (en el MS. 152, que lleva reclamos en todas las hojas) encontramos una marca (trazo vertical) al comienzo de cada cuaderno. También en algunas ocasiones está señalizada la mitad del cuaderno: con una raya horizontal en el doblez, en rojo, en el ms. 58 (del siglo XIV); y con una cruz en la primera hoja de la segunda mitad, en el ms. 120 (del siglo XIV).

La foliación de época, seguida y comprendiendo todo el texto (y aun así no siempre es seguro que corresponda al mismo momento de la copia del texto), aparece en muy pocos casos: en el ms. 104, quizá de fines del siglo XIV, en números arábigos y en tinta roja; en el ms. 37, del siglo XV, en tinta más clara que parece la misma de los titulillos; y en una parte del ms. 106, del siglo XV, en un lugar que parece más propio de las signaturas como es el ángulo inferior derecho del recto del folio.

Respecto a los titulillos que indican la parte a que corresponde el texto de cada página, es de resaltar la peculiaridad del ms. 120, del siglo XIV, en pergamino, tamaño folio, en escritura gótica y de claro origen universitario (que contiene: Gilbertus Anglicus, Liber morborum y otras obras), que los incluye en el extremo inferior de la página, a veces siguiendo la línea irregular del borde.

Haciendo un resumen de los textos copiados en los códices examinados, veremos que predominan notablemente los de contenido teológico, con catorce códices: los mss. 35 (Concordantiae Sanctarum Scripturarum per XII distinctiones divisae, etc.), 37 (Expositio sive Comentaria historica in librum Numero­rum), 45 (Commentarium in Apocalypsin Sancti Iohannis), 49 (Horae Beatae Mariae secundum morem Ecclesiae Toletanae), 56 (Albertus super Dionisium Areopagitam, De mistica theolo­gia; De celesti hierarchia), 58 (Robertus Helifat, Quaestiones theologicae.- Comenta­rium super Epistolam beati Iacobi), 63 (Johannes Duns Scotus, Quaestiones in quatuor libros Senten­tiarum Petri Lombardi), 64 (Raimundo Lulio, De quaestionibus dubitabilibus super Sententiis P. Lombardi), 65 (Raimundo Lulio, De articulis fidei catholicae, y otras obras), 67 (Stephanus Borbone, De passionibus anime et de donis Spiritus Sancti), 68 (Franciscus de Mayronis, Flores super libros De civitate Dei D. Augustini, etc.), 70-71 (Thomas Lyld, Jacobus de Benevento, Sermones), 77 (Revelationes), 79 (Johannes de Turrecremata, Tractatus contra manicheos; Tractatus contra principales errores perfidi Machometi; Tractatus de aqua benedicta; Tractatus de corpore Christi). Siguen los de contenido filosófico, con seis códices: los mss. 104 (Guillermus de Okham, Summa logicae), 106 (Raimundo Lulio, Ad omnes scientias ars brevis, y otros tratados), 107 (Raimundo Lulio, Compendium artis demonstrativae), 111 (Robertus Holkot, Moralia enigmatum; Nicolaus Triuet, Moralitates declamationum Senece), 114 (Aristóteles, Politicorum libri, y otras obras, traducción de Leonardus Aretinus), 152 (Aristóteles: Éticas, en castellano). Dentro de la materia jurídica podríamos incluir un códice, el ms. 96 (Rodrigo Sánchez de Arévalo, Defensorium Ecclesiae), otro más de ciencias, el ms. 120 (Gilbertus Anglicus, Liber morborum, y otras obras), y otros dos históricos, los mss. 137 (Johannes de Podio, Collectarium historiarum Romae) y 141 (Lucio Anneo Floro, Historia).

b) Incunables.
El objeto de este apartado es rastrear en los incunables más antiguos la influencia de los sistemas de preparación de los manuscritos. Para ello hemos examinado los incunables impresos entre 1467 y 1480 de entre los que se conservan en la Biblioteca de la Universidad Complutense, buena parte de los cuales (aunque no todos) son de procedencia de la antigua Universidad de Alcalá, y de éstos hemos seleccionado los diez que tenían elementos manuscritos añadidos que nos han parecido de suficiente interés para este estudio: I-21, I-64, I-119/120, I-129, I-189, I-257, I-277, FL-17, FL-92 y M-48/50[14]. No hemos recogido los que tienen elementos corrientes de rubricación, tales como iniciales de obra o de libro de filigrana y rasgueo, iniciales corrientes en rojo y azul, violeta o gris, calderones, etc., o los que tienen apostillas o manos marginales de la época sin más. Examinaremos los elementos añadidos a los diez citados siguiendo el orden cronológico de los impresos.
En el incunable más antiguo de esta colección, el de Rabanus Maurus, De sermonum proprietate (Estrasburgo, Adolphus Rusch, 1467, I-129), encontramos titulillos añadidos en tinta roja, además de la inicial dibujada y otras más sencillas, toques en mayúsculas, subrayados y calderones en rojo. Muy poco posterior es el de Rodrigo Sánchez de Arévalo, Speculum vitae humanae (Roma, Conradus Sweynheym y Arnoldus Pannartz, 1468, I-277), en el que además de las iniciales sencillas en rojo y azul y los subrayados y calderones en rojo, encontramos signaturas de letras y números romanos en tinta roja añadidas en el ángulo inferior y cortadas en parte al encuadernar, tal como las podríamos encontrar en los manuscritos contemporáneos; tiene también notas marginales de lectores en escritura humanística.

De la década siguiente, el impreso sobre pergamino de Cicerón, Orationes (Venecia, Christophorus Valdarfer, 1471, FL-17), muestra al comienzo de los textos iniciales de filigrana encuadradas, y los títulos añadidos a mano en tinta roja, así como los números de los libros en los márgenes superiores; lleva también signaturas a mano de letras y números arábigos. También encontramos las signaturas añadidas a mano en el ejemplar de Nicolaus de Ausmo, Supplementum Summae Pisanellae (Génova, Mathias Moravus y Michael de Monacho, 1474, FL-92). En la edición de Robertus Caracciolus, Sermones quadragesimales (Venecia, Johannes de Colonia y Johannes Manthen, 1476, I-64), se añadieron o completaron a mano bastantes elementos: la foliación en números arábigos, la indicación del folio en la tabla del comienzo, los titulillos, y el índice de conceptos al final; lleva además iniciales de filigrana con rasgueo marginal, y apostillas marginales. Del mismo año es el ejemplar de la traducción italiana de Plinio, Historia naturale (Venecia, Nicolo Jenson, 1476, I-119), con iniciales iluminadas con oro y colores, mas otras sencillas caligráficas en rojo y azul, que parece conservar algún resto de las signaturas añadidas a mano que debió tener, en el cuarto cuaderno y junto al doblez.

Aunque corresponde a una época en que las signaturas ya se imprimían frecuentemente, las lleva también añadidas a mano, de letras y números arábigos, el ejemplar de Paulus Bergomensis, Apologia religionis Fratrum Eremitarum Ordinis Sancti Augustini (Roma, Franciscus de Cinquinis, 1479, I-1892), además rubricado con calderones e iniciales sencillas en rojo y azul. E igualmente, la Historia ecclesiastica de Eusebio (Mantua, Johannes Schallus, 1479, I-257), tiene signaturas añadidas, en este caso de letras y números romanos y en tinta roja, e iniciales de rasgueo (muy finas de ejecución), y otras sencillas y calderones en rojo y gris. El ejemplar impreso en pergamino, en tres grandes volúmenes, del Liber canonis de Avicena (Padua, Johannes Herbort, 1479, M-48/50), lo recogemos aquí por su notable iluminación, desgraciadamente muy mutilada, con orlas con medallones ejecutadas al parecer en el Norte de Italia. Por último, el Fasciculus temporum de Werner Rolevinck (Sevilla, Bartolomé Segura y Alfonso de Puerto, 1480), considerado el primer libro ilustrado impreso en España, tiene en el ejemplar I-21, aparte de la inicial y orla iluminada, el considerable trabajo que se tomó el rubricador de añadir con tinta roja desvaída los números romanos al lado de los arábigos impresos en la foliación y en todos los casos del texto en que aparecían cifras, que eran muchos por tratarse de un tratado de cronología; prueba evidente de que en determinados ambientes humanísticos era más corriente el uso de la numeración romana que de la arábiga, aunque esta sea más clara y simple.

El examen de los ejemplos anteriores nos demuestra que hasta unos treinta años después de la invención de la imprenta, en muchos casos se creía conveniente “completar” en libro impreso con los añadidos a mano, y que el uso de las signaturas (que se generalizan impresas a partir de 1475 aproximadamente), añadidas por motivos prácticos en los casos en que no las hubiese puesto el impresor, sigue siendo corriente por lo menos hasta finales de esa década. La comparación del libro producido a mano con el impreso es lo que producía estos resultados, lo que no es de ningún modo extraño, ya que se trataba de dos sistemas de producción de un mismo objeto.

6. Conclusiones.
El examen de los textos manuscritos e impresos españoles del siglo XV revela que las mayores diferencias existentes entre uno y otro sistema se refieren, por un lado, a los textos en sí, y por otro, a los sistemas de difusión, más que a los aspectos puramente materiales.

En cuanto a los textos, entre los manuscritos se pueden encontrar numerosos casos “peculiares”, de obras de tipo práctico o de difusión limitada, o de traducciones de autores antiguos, que no llegaron a interesar a los impresores que buscaban para su venta obras en versiones canónicas (no es raro que los textos de los impresos sean de más calidad que los de los manuscritos en esta época), o que interesasen a un número amplio de lectores. Determinados tipos de obras, a las que ahora nos referiremos, solo tienen sentido para su difusión impresa en múltiples copias.

La producción de textos litúrgicos, por ejemplo, es totalmente diferente en los manuscritos y en los impresos: los ejemplares de lujo iluminados a mano, riqueza de las iglesias y monasterios, con una continuidad que se extiende incluso hasta el siglo XVII en los libros de coro, solo tienen sentido dentro del mundo del manuscrito, y por tanto no tienen equivalencia impresa; en cambio, los misales y breviarios secundum consuetudinem de una diócesis u orden religiosa determinada, se convierten en edición obligada para dejar así fijada de una manera canónica, generalmente en muy pocas copias, la tradición litúrgica propia.

Encontramos otros tipos de textos cuya difusión solo tiene sentido en múltiples copias en forma impresa, como los legales: las Leyes del estilo, de Cortes, de pleitos, las Ordenanzas y Constituciones reales, los Cuadernos de las leyes nuevas de la Hermandad, los Cuadernos de alcabalas, los Capítulos de gobernadores y corregidores, e incluso los repertorios como el de Montalvo, son textos que, aunque puedan aparecer en manuscritos, adquieren su significado y utilidad con su difusión por la imprenta, a veces a través de varias ediciones. E incluso textos informativos o “científicos”, como los Reportorios o Lunarios, solo se entienden a través de una difusión masiva.

Las demás obras que difunde la imprenta, y concretamente los textos literarios -tanto clásicos como contemporáneos, en latín o en vernácula-, y los de estudio de teología, filosofía o leyes, no difieren gran cosa, en cuanto a los textos en sí, de los que hemos encontrado en los códices copiados a lo largo del siglo XV.

Respecto a la temática de los textos contenidos en los libros, manuscritos o impresos, examinaremos algunos datos basados, para los códices, en los ejemplares de la Biblioteca Nacional y de la Biblioteca del Escorial examinados en nuestro trabajo de 1988 [15], mas en los códices complutenses citados en este trabajo; y para los incunables, en doscientos ejemplares de la imprenta española seleccionados aleatoriamente. Según éstos, el predominio absoluto de los textos en vernácula (un 66%) frente a los de lengua latina (un 34%) que encontramos en los códices, se ve algo atemperado en los impresos, en los que, como ya referimos, se imponía una mayor universalidad por sus posibilidades de difusión, y así hemos contabilizado un 53% de textos en lenguas vernáculas frente a un 47% en lengua latina.[16]

En cuanto a las materias que predominan en los libros, teniendo en cuenta la dificultad de concretarlas en muchos casos, ya que la mentalidad de la época no establece la unidad temática con criterios actuales, seguimos encontrando un predominio de los libros de religión (incluyendo en este amplio apartado tanto textos bíblicos como litúrgicos junto a obras de teología o de moral), que en los códices sería de un 31%, y en los impresos algo mayor, de un 47%. Seguirían, en uno y otro caso, las obras de letras y humanidades (incluyendo los textos de gramática), que en los códices serían un 26%, mientras que en los incunables supondrían un 15%. Los textos de filosofía, que a veces se confundirían con los de las dos materias antes referidas (concretamente hemos tenido en cuenta los de filosofía aristotélica), los hemos contabilizado en los códices de un 24%, y en los incunables de un 13%. De historia nos aparecen en manuscritos un 12%, y en impresos un 3% (las crónicas y otras obras históricas siguen prefiriéndose manuscritas). De ciencias (y la mayor parte de las obras referidas son de medicina) hemos contabilizado un 6% en códices y un 8% en impresos. Y por último, el 14% de obras jurídicas que encontramos entre los incunables apenas encuentra en correspondencia un 1% en los códices.

El examen de estos datos podría darnos la impresión a primera vista de un carácter más conservador en los textos impresos frente a los manuscritos, al notar el predominio de los textos religiosos en lengua latina, lo que, aun teniendo en cuenta que la imprenta pudo plantearse la misión de “conservar” una tradición, no es del todo exacto. Cierto que hay una mayor libertad en el carácter de los textos manuscritos que se copian para el exclusivo uso personal. Pero el uso de la lengua latina solo supondría una mayor universalidad en sus posibilidades de difusión, y en cuanto a los textos religiosos, aparte de que su predominio editorial correspondería a una mayor demanda, hay que tener en cuenta que buena parte de ellos tienen una indudable vinculación humanística. Por otro lado, el incremento de los textos de materias prácticas de difusión general, tales como los mencionados de medicina, ciencias o leyes, es notablemente apreciable desde el primer medio siglo de la imprenta.

La comparación de los aspectos materiales de manuscritos e impresos del siglo XV nos pone de manifiesto que el libro manuscrito de la época, cuyo aspecto físico es el resultado de una larga trayectoria histórica que se remonta a la antigüedad romana, había llevado a cabo un proceso de unificación en sus sistemas de producción que pudo ser aprovechado por la imprenta. La casi totalidad de los códices del siglo XV están copiados en papel, similar al de los incunables (aunque en éstos se imponga una calidad unificada que no existía en los códices), y las excepciones al uso del papel en los manuscritos, como son los códices litúrgicos o los ejemplares de lujo para bibliófilos, no solo continúan en la segunda mitad del siglo, sino que se alargan hasta principios del siglo XVI. En correspondencia, también se tiran en ocasiones ejemplares impresos sobre pergamino, igualmente destinados a iglesias o a grandes personajes, tanto en España como en otros países (la Biblioteca Nacional guarda la Biblia de Schoeffer y Fust, de 1462, o el Misal Toledano, de 1499; la Universidad Complutense las Orationes de Cicerón, de Venecia, 1471, o el Canon de Avicena iluminado, de Padua, 1479).

El manuscrito del siglo XV impone los dos formatos del libro que adoptará la imprenta: el folio y el cuarto, con algunos ejemplares en pliegos de gran tamaño que dan lugar al gran folio. Entre los códices examinados encontramos un 65% en folio, y un 35% en cuarto. Sin embargo, la imprenta preferirá el tamaño en cuarto, y añadirá, aunque de uso reservado casi exclusivamente a libros religiosos en esta época, otro formato más pequeño, el octavo. Entre los incunables españoles examinados, encontramos un 43% en folio, un 48% en cuarto, y un 9% en octavo. El gran in-folio se prefiere para los textos teológicos y jurídicos (como los bártulos), es decir, para los de uso universitario. Como ocurre con los manuscritos, se meten unos pliegos dentro de otros para formar cuadernos frecuentemente de ocho hojas (el de doce hojas propio de los manuscritos resultaría engorroso y complicado de ordenación), ya sea el plegado en folio o en cuarto.

El pautado de los códices medievales proporcionó a los primeros impresores la práctica de encerrar el texto en la caja de escritura de la imprenta, quedando fuera de ella algunos elementos como titulillos, signaturas, foliación o apostillas marginales. Los sistemas de ordenación de los cuadernos y de las hojas también son tomados directamente de la práctica en los manuscritos, incorporando reclamos, signaturas o foliación al texto impreso.

Los datos del libro y de su producción también se incorporarán siguiendo una tradición de los manuscritos que se remonta a la época del rollo de papiro en la antigüedad, es decir, al final del texto. Solo cuando el libro impreso está completamente asentado, en la centuria siguiente, incorporará como elemento propio la portada, aunque ya en el siglo XV se utiliza, por motivos prácticos que los impresores fácilmente comprenderían, una página de título al comienzo, e incluso en algún caso excepcional, como en el Calendario del Regiomontano de Venecia, 1476, la primera página incorpora también los datos de los impresores y del año.

Si nos fijamos en las grafías y en la ilustración de los textos, concluiremos que si el punto de partida de los impresores está en las escrituras en uso a mediados del siglo XV y en los sistemas de ilustración de los códices (particularmente para las iniciales), pronto los impresores encuentran un camino propio que se atiene a los medios mecánicos empleados, realizándose un esfuerzo tremendamente meritorio y fructífero de cara al futuro en cuanto a la normalización de las grafías, y una buena adecuación de los procedimientos ilustrativos a las técnicas del grabado xilográfico que inician un camino que se desarrollará especialmente en el siglo siguiente. Frente a los incunables iluminados a mano siguiendo las técnicas del manuscrito, encontramos la más perfecta adecuación del grafismo lineal del dibujo al aspecto gráfico de la escritura y a la composición de la página en Aldo Manuzio y en otros impresores italianos de fines de siglo.

En el último cuarto del siglo XV conviven en la Península Ibérica los códices y los impresos. No parece que a aquellos afecte en ninguna medida el nuevo sistema de reproducir los textos por medio de las prensas, salvo quizá en una menor producción de manuscritos que parece apreciarse sobre todo en la última década del siglo [17]. Será tras el cambio de centuria cuando los manuscritos empiecen a adquirir un aspecto diferente, aunque no por influencia de los modos de la imprenta, sino por el abandono progresivo, al ir desapareciendo los copistas profesionales, de los sistemas tradicionales de preparación, cuya continuidad y evolución ha de encontrarse, en cambio, en el libro impreso.

Notas

[1] Edición en Prosistas castellanos del siglo XV. Prólogo y ed. de Mario Penna. Madrid, Atlas, 1959 (Biblioteca de Autores Españoles, CXVI), pp. 182.

[2] Puede verse nuestro resumen del estado de la cuestión en la Historia ilustrada del libro español: los manuscritos, bajo la dirección de Hipólito Escolar. Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 1993, pp. 165-221. Además, en general, los trabajos de Ángel Gómez Moreno, España y la Italia de los humanistas: primeros ecos. Madrid, Gredos, 1994; Mario Schiff, La bibliothèque du marquis de Santillane. Paris, 1905; Miguel Ángel Ladero Quesada, Mª Concepción Quintanilla Raso, “Bibliotecas de la alta nobleza castellana en el siglo XV”, en Livre et lecture en Espagne et en France sous l’ancien régime: Colloque de la Casa de Velázquez. Paris, 1981, pp. 47-59; Isabel Beceiro Pita, “La biblioteca del conde de Benavente y su relación con las mentalidades y usos nobiliarios de la época”, en En la España medieval, II: Estudios en memoria del Prof. D. Sebastián de Moxó. Madrid, Universidad Complutense, 1982, pp. 135-146; Jeremy Lawrance, “Nueva luz sobre la biblioteca del conde de Haro”, en El Crotalón, I (1984), pp. 1073-1111; etc.

[3] En general, la Historia ilustrada del libro español: los manuscritos, bajo la dirección de Hipólito Escolar. Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 1993, pp. 223-273. Además, Antoni Rubió i Lluch, Documents per l’historia de la cultura catalana mig-eval. Barcelona, Institut d’Estudis Catalans, 1908-1921, 2 v.; Pedro Bohigas, La ilustración y la decoración del libro manuscrito en Cataluña: Periodo gótico y Renacimiento. Barcelona, Asociación de Bibliófilos, 1962-1967, 2 v.; G. Desdevises du Dezert, Don Carlos d’Aragón, Prince de Viane: Étude sur l’Espagne du Nord au XVe siècle. Paris, 1889; Miquel Batllori, Humanismo y renacimiento: estudios hispano-europeos. Barcelona, Ariel, 1987; José Carlos Rovira, Humanistas y poetas en la corte napolitana de Alfonso el Magnánimo. Alicante, 1990; etc.

[4] Antonio de Nebrija, Vocabulario español-latino. Salamanca, ¿1495? Ed. facsímil. Madrid, Real Academia Española, 1951 (Introducción).

[5] Félix G. Olmedo, Nebrija (1441-1522): debelador de la barbarie, comendador eclesiástico, pedagogo y poeta. Madrid, Editora Nacional, 1942; Domingo Yndurain, Humanismo y Renacimiento en España. Madrid, Cátedra, 1994; Teresa Jiménez Calvente, Un siciliano en la España de los Reyes Católicos: los Epistolarum familiarium libri XVII de Lucio Marineo Sículo. Alcalá de Henares, Universidad, 2001.

[6] Manuel Sánchez Mariana, “La ejecución de los códices en Castilla en la segunda mitad del siglo XV”, en El libro Antiguo Español: Actas del primer Coloquio Internacional (Madrid, 18 al 20 de diciembre de 1986). Salamanca, etc., Universidad, etc., 1988, pp. 317-344.

[7] Agustín Millares Carlo, Tratado de paleografía española. 3ª ed., con la colaboración de José Manuel Ruiz Asencio. Madrid, Espasa-Calpe, 1983.

[8] Jesús Domínguez Bordona, La miniatura española. Barcelona, 1930, 2 v.; Ana Domínguez Rodríguez, “La ilustración en los manuscritos”, en Historia ilustrada del libro español: los manuscritos. Bajo la dirección de Hipólito Escolar. Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 1993, pp. 342-363; Lynette M.F. Bosch, Art, liturgy and legend in Renaissance Toledo: the Mendoza and the Iglesia primada. Pennsylvania, State University Press, 2000.

[9] Pedro Bohigas, La ilustración y la decoración del libro manuscrito en Cataluña: Periodo gótico y Renacimiento. Barcelona, Asociación de Bibliófilos, 1962-1967, 2 v.; Amparo Villalba Dávalos, La miniatura valenciana en los siglos XIV y XV. Valencia, Institución Alfonso el Magnánimo, 1964.

[10] Domenico Fava, Manuale degli incunaboli. 2ª ed. riv. Milano, Gorlich, 1953; Konrad Haebler, Introducción al estudio de los incunables. Edición, prólogo y notas, Julián Martín Abad. Madrid, Ollero & Ramos, 1995; Ferdinand Geldner, Manual de incunables: Introducción al mundo de la imprenta primitiva. Madrid, Arco/Libros, 1998.

[11] Sobre esto puede verse una interesante nota de J. Martín Abad a la traducción del libro de Haebler ya citado, en las pp. 97-98.

[12] En general, puede verse el trabajo de Rudolf Hirsch, “From script to print”, en su Printing, selling and reading. Wiesbaden, Otto Harrassowitz, 1967, pp. 1-12.

[13] Descritos en José Villa-Amil y Castro, Catálogo de los manuscritos existentes en la Biblioteca del Noviciado de la Universidad Central (procedentes de la antigua de Alcalá)… Parte I: Códices. Madrid, Impr. de Aribau y Cía., 1878.

[14] Descritos en Josefina Cantó Bellod, Aurora Huarte Salves, Catálogo de incunables de la Biblioteca de la Universidad Complutense. Edición revisada y aumentada con la colaboración de Mercedes Cabello Martín. Estudio introductorio por Manuel Sánchez Mariana. Madrid, Editorial Complutense, 1998.

[15] Citado en la nota 6.

[16] Insistimos en que nuestro cómputo se refiere a libros españoles. Un examen más detallado de la producción europea puede encontrarse en John M. Lenhart, Pre-Reformation printed books. New York, J.F. Wagner, 1935.

[17] Sobre la incidencia de la imprenta en el trabajo de los copistas profesionales, referida especialmente al caso italiano, muy diferente del español, véase Carl Bühler, “Scribi e manoscritti nel Quattrocento europeo”, en Libri, scrittura e pubblico nel Rinascimento, a cura di Armando Petrucci. Bari, Laterza, 1979, pp. 37-57.

Dejar un comentario