mayo 2009

¿Una cabezada?

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Hace poco mas de dos años tuve en mis manos un misal español del siglo XIX. Infestado por piojos del libro, ambas tapas de madera fracturadas por la tensión que en su momento ejerció el cuero, alguna que otra galería causada por polilla y un intenso y viejo olor a humedad.

Y bien, de todo lo anterior lo que me llamó la atención fue una supuesta cabezada bordada que descansaba en el canto de cabeza, bordada a “chevrons” y con algunos restos de un hilo que la anclaba a la cofia. Dicho bordado sujetaba ademas una variedad de listones, señaladores ó registros de lectura.

¿Que clase de cabezada era esta? ¿Porque fue anclada a la cofia sabiendo que la tensión de los listones acabaría por desprenderla? Hasta ese momento ignoraba que se trataba de una “Pipe” como luego investigó mi amigo Alberto Chiaramonte.

Lo que en su momento nos hizo dudar a Alberto y a mi era que el cuerpo del libro carecía de cualquier indicio de una cabezada falsa o verdadera, ya que en ambos casos la sujeción de este elemento se hace sobre la lomera. Nos dimos entonces a la tarea de indagar lo mas posible sobre este accesorio libresco.

Las primeras hipótesis surgieron de inmediato:

a) Se trata de un trabajo de pasamanería o algún otro trenzado capaz de sujetar los registros de lectura para una mejor ubicación del texto. En el caso de los misales su uso es muy eficaz pues un oficio litúrgico se repite de forma constante a lo largo de un período (pascua, cuaresma, adviento).

b) Si algunos ejemplos habían sido anclados erroneamente a las cofias y otros permanecían libres, dicho elemento podía haber sido integrado con independencia a la encuadernación del libro.

Hace un mes en la librería de viejo “Bibliofilia” ubicada en la calle de Donceles, cuyas vitrinas repletas de encuadernaciones antiguas siempre me detengo a admirar, encontré en un rincón este otro misal encuadernado en terciopelo púrpura, como nunca sé que hacer, si mirar en conjunto o apreciar los detalles, noté que el misal tenía una “Pipe”; lleno de júbilo y con la debida licencia tomé algunas fotos, cuando las observé en la computadora noté que debajo de esta yacía una cabezada y su sobrecabezada.

Se confirmaron entonces las hipótesis:

a) El elemento en cuestión tiene por función anclar registros de lectura.

b) Es independiente en su origen y función a la cabezada.

c) Pueden ubicarse en el canto de cabeza o pie.

d) Los ejemplos encontrados que fueron unidos a la cofia muestran roturas o desprendimientos debido a la tensión que ejerce la apertura del libro.

Unos meses atrás tuvimos que bautizar este hallazgo, pues es un poco incomodo llamarle en francés “Pipe” asi que se le nombró “Porta-registros” hemos adelantado mucho con imagenes del mismo tema, pero este post servirá para dejar un precedente de nuestras indagatorias.

He podido encontrar también en la web “History of Science” una lista de los costos de producción de un misal del año 1382 escrito por Thevenin Langevin y preservado en la Biblioteca de el antiguo colegio de Dormans-Beauvais en Paris que entre otros gastos como la iluminación, encuadernación y manufactura de los broches menciona el costo de manufactura de un porta-registro.

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En la imagen se puede ver la cabezada y sobrecabezada bordada en blanco y azul anclada a las tapas de madera. Sobre esta se ve el porta-registros que descansa sobre el corte de cabeza.


Un taller de encuadernación en 1932…

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Asi lucía en 1932 el taller de encuadernación del Centro Histórico Salesiano en el barrio de La Candelaria de la ciudad de Bogotá, Colombia.

Aunque no del todo espontánea [ser retratado en esos años todavía era un evento que se trataba con solemnidad] y no menos armada [porque en las mesas descansan trabajos terminados y los chicos parecen incorruptiblemente disciplinados] es una imagen de gran valor documental para aquella ciudad ¿Como se llamaba su maestro? ¿Y cuantos de estos chicos abrazaron este oficio?.

Las mismas preguntas haría para el caso del Colegio Salesiano en México. Uno de tantos maestros se llamaba Alfonso Tovar quién enseñó a generaciones completas de jovenes mexicanos este oficio y cuyos hierros aun sobreviven en un taller de esta ciudad. Una historia mas que merecería rescatarse.


Una bella imagen y un nuevo amigo

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Con esta imagen adjunta me escribió un correo Guillermo Guerrieri, desde San Antonio de Areco en la República Argentina, me emocionaron tanto las palabras que le dedica a este blog que al mismo tiempo me avergonzaron por la dificultad que tengo para publicar de forma constante.

He querido atesorar sus palabras y compartirles esta imagen del taller de los Brugalla, evocadora y nostálgica, un pequeño universo cuyo vórtice concluye felizmente en la lectura. Gracias por la imagen Guillermo y cuente desde ya con un amigo sincero desde México.

Amigo Rodrigo:  Soy lector del tu blog del que voy aprendiendo y tomando ideas. Estoy en mis primeros pasos en el fascinante mundo de la encuadernación y fabricando -como puedo- mis primeras herramientas. Te escribo en la fe de que recibirás el presente correo, no estoy en la seguridad de que esta sea tu casilla.  Soy un prematuro jubilado por razones de salud, y creo que he encontrado un motivo para seguir haciendo cosas en casa; una forma de demostrarme a mí mismo que recién comienza una etapa productiva de mi vida (a los 55). Y tú, con tus links y comentarios, me estás ayudando a la distancia. Pero el motivo de éste es enviarte una fotografía aparecida en El País de España en la edición de ayer (por si no la has visto ya). Se trata de una fotografía del encuadernador en su taller (que tú me has hecho conocer hacia finales de Abril). Va como archivo adjunto. Te pido me disculpes por no saber como enviarlo directamente al blog, pero también estoy dando mis primeros pasos en este metier de la comunicación electrónica.

He nacido en San Antonio de Areco (Provincia de Buenos Aires) pero hace cuatro años que resido en la ciudad de Salta en el extremo noroeste de Argentina. Aquí me casé con Elena Altuna, titular de la cátedra de Literatura Hispanomericana, y estoy comenzando a reparar algunos libros de su poblada biblioteca y -también- editando sus propios textos. No quiero robarte más tiempo, pero he querido contarte que aquí tienes un seguidor de tus inquietudes y que has devenido en mi lazarillo en este fascinante metier.

Actualización 24 / Junio / 2009

Esta imagen ilustró un artículo de Margarita Riviére publicado en el diario español “El País” el 16 de abril del 2006 asi que lo incorporo al blog para tenerlo como fuente de consulta:

Entrar hoy en su taller es viajar a lo mejor del pasado. Ahí están el Renacimiento junto a las novelas de Eduardo Mendoza. La escena real no se ha movido desde que, en 1943, se amplió por última vez: muebles, herramientas, objetos permanecen perfectamente ordenados en pequeños armarios clasificatorios. El silencio es total, pero estamos en pleno Eixample: así debieron de ser algunos interiores de manzana. Un reloj funcional marca, puntual, la hora. En dos pequeñas habitaciones contiguas, vitrinas coleccionan libros antiguos. Asombro y recogimiento: el lugar, hoy, es un pequeño museo de uno de los trabajos más exquisitos de la historia: la encuadernación, entendida como arte de élite, que transforma el libro en magia, pieza única, placer en extinción.

Santiago Brugalla, de 76 espléndidos años, abre, jovial, la puerta al visitante. Está en el taller desde hace 62 años: “Ha sido un buen oficio, mi padre lo vio enseguida”. Sigue en activo, aunque a medio gas: trabaja solo, escuchando la radio. “Aquí éramos hasta 25 personas”, comenta; “las chicas cosían, preparaban y lavaban los libros; los chicos hacíamos la encuadernación”. Es el último de Filipinas de un oficio que “en España siguen aún dos o tres más”: otro mundo que se acaba. Ha preparado el ritual habitual para interlocutores novatos: primero nos sentamos, me habla de su padre, “el gran Emilio Brugalla, él se lo hizo todo solo”, me da un currículo, luego pasamos a ver el taller, la increíble colección de hierros y ruedas de grabador, las letras, los colores, los bocetos y el resultado del proceso: los libros, pequeñas maravillas de valor incalculable.  “Este taller empezó en 1931. Yo iba al colegio, al Liceo Francés, y correteaba por aquí. Me fascinaba. A los 14 años pasaba nueve horas diarias como aprendiz. No era el fill de l’amo. Estudié historia del arte y oficios relacionados en el Institut del Teatre, la Escola Massana y la Llotja: no escogí ningún oficio porque el mío debía ser este”. Dice que ha sido feliz todas las horas que ha pasado en esta reliquia barcelonesa: su entusiasmo lo confirma.

Su padre dejó escritos varios libros sobre encuadernación y algún pequeño opúsculo (en francés) para iniciarse en el goce del ritual: “El encuadernador debe mantener una tenue parfaitement tranquille (…) La mano nunca debe contraerse gratuitamente (…). Un violín no se toca con la mano crispada, sino con la punta de los dedos”. Encuadernar es como hacer música. Absortos en su tarea, toda una vida de guerras y convulsiones circulaba fuera del taller. Ellos se enteraban, pero su oficio era una especie de trinchera inviolable.

Santiago no viajó al extranjero hasta que, en 1952, fue a Francia a un encuentro de encuadernadores: “Allí pasaban cosas que no conocíamos. ¡La gente se besaba por la calle! Ahora nos damos cuenta de lo mucho que no pudimos hacer con el franquismo”. Sólo ha salido del taller cuando le han reclamado sus colegas de Suiza, Francia o Estados Unidos: la firma Brugalla -compartida por padre e hijo- está considerada una de las grandes del mundo de la encuadernación, ha recibido los premios y honores más cotizados, pero eso no le ha cambiado la vida en 62 años.

“Tuve suerte: hacer esto me produce mucho placer. Hay dos variables: el libro de estilo y la obra de creación”, puntualiza. La primera recrea el pasado a la manera de cada época, siguiendo métodos iniciados en el Renacimiento francés: algo de una complicación inaudita. La segunda es lo que él llama obra de creación. “Este es un oficio artístico: nada de artesanía o de artes populares. Es arte de élite, massa i tot. Me importa la estructura, el color, el significado, transmitir placer espiritual”. Para hacer un solo libro, su padre pasó un año; él ha tardado cinco o seis meses en algunas piezas que muestra orgulloso. Ha hecho reproducciones fotográficas: todo está catalogado. Aquí está un Viaje a la Alcarria que hoy guarda la Biblioteca Nacional de Madrid, unos poemas de Mao ilustrados por Dalí, el libro de visitas de la Fundación March… Ahora los mecenas son las instituciones.

Con Santiago -“catalanista, nunca separatista”- se acaba la dinastía. Su hijo es pianista; su hija, experta en Bellas Artes. ¿Qué pasará con el taller? “Me gustaría preservar su unidad”, dice, modesto. ¿Irá la colección Brugalla a la Biblioteca Nacional de Cataluña? Sonríe: “Soy optimista. El fuego no se apaga”. Salgo pensando que he sido testigo de una Barcelona desconocida que ya es historia.

PERFIL

Santiago Brugalla, de 76 años, cierra una dinastía que durante casi 100 años ha dado a Barcelona el prestigio de la más fabulosa encuadernación de lujo del mundo. “Un arte totalmente de élite, ‘massa i tot” . Él lleva 62 años en el mismo taller de la calle de Aribau. En 2007, 40 de sus obras se expondrán en un congreso internacional en Cádiz.


Dos oficios distintos… una contradicción fecunda

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No hay que ver demasiado esta imagen para saber de que se trata ¿cierto?. Vemos a una mujer que representa a una encuadernadora con los instrumentos de su profesión: una prensa de acabado, una encuadernación con broches, algunos pliegos que cuelgan de su cadera y en la antípoda de este ingenio visual un librero que circunda, desafiando la gravedad, el perimetro de su vestido.

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Esta otra imagen representa a un Tabletier, es decir, el artesano al que en la antiguedad y en pleno uso de las Tabulae Ceratae como soporte de escritura era el encargado de la talla de marfil para suntuosas tablillas de cera destinadas a los consules romanos.

Dicho artesano elaboraba -por lo menos hasta los tiempos de este grabado y los de la Enciclopedia Diderot- los objetos mas variados: peines, peinetas, tableros de ajedrez o de backgammon, dados, botones y mancuernas, todo ello usando como material el marfil, el hueso y el ébano.

¿Podríamos ver entonces un lejano antecesor en el tabletier? ¿Podría haber suficientes vínculos para pensar que el saber-hacer de un artesano le fué heredado al otro? y si es asi ¿Convendría acotar tales vínculos a una época, una región, la disponibilidad de un material o el fin al que se destinara un trabajo tan específico?

Una respuesta puede encontrarse en las placas de marfil que fueron talladas para encuadernaciones de aparato en Francia entre los siglos VIII y XIII del cual les dejo un ejemplo para que juzguen ustedes mismos.

Link:

Placa de marfil para encuadernación: Cristo en su majestad entre los Santos Pedro y Pablo