Enero 2007

El Reynito… Artista drástico del libro y vendedor de fraudes

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A la izquierda “El Reynito” posando junto al fraude que ilustra este artículo. Entre otros destacables fraudes de esa noche espirituosa se encontraban “La Virgen de Guadalumpen” y “La Macacintosh” un nuevo sistema operativo que promete, según su creador, arruinarle la fiesta al nuevo Mac OS X de Apple, consiste en una carpeta de arillos que dispone de un teclado ultradelgado y escritorios multiples de papel, común y corriente, que harían palidecer sin duda a cualquier otro sistema computacional debido a su extrema usabilidad.

Lo que sigue es un extracto de su libro de artista “Luchadores por la vida” escrito e ilustrado por este irreverente y delirante performancero chilango.

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Dulce María Luna. Encuadernadora de Sueños

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En el camino de la vida no temas ir despacio… solo teme no avanzar. Karl Richter. Organista y director de orquesta alemán

Lo que hoy llamamos arte, por lo regular, comenzó siendo un oficio. Músico, pintor, escultor y poeta tuvieron cada quién que aprender los rudimentos de su tirocinio artesanal, sujetarse a las convenciones impuestas por la sociedad, luego a la larga e inflexible instrucción de su maestros, y una vez obtenida la ansiada matrícula, continuar con la tradición heredada de mucho tiempo atrás.

De cuando en cuando en la melancólica soledad del taller -sin aprendices de por medio- el maestro artesano perfeccionaba su destreza, de los diminutos a los grandes “misterios” de su oficio, el artesanado fue agregando lentamente un conocimiento tan vasto que, una persona sensible, no puede menos que encogerse humildemente de hombros ante la prolijidad de este universo. ¿Ha existido un músico que capaz de heredar e interpretar toda tradición y estilo musical? Sin duda la respuesta es no, y si fuera capaz de hacerlo tal vez tuviera vacíos importantes en su calidad interpretativa.

El libro, ese objeto al que los encuadernadores le consagramos nuestro trabajo diario, puede parecernos muchas veces, sin querer, como una pieza musical ejecutada con desgano; el encuadernador tiene la difícil tarea de enfrentarse diariamente a un mismo objeto “una suma de cuadernillos -cosidos, pegados o amarrados- protegidos por una cartera susceptible de ser decorada a voluntad” que no un mismo libro, insisto, y que hace de alimento diario a la pasión por nuestro oficio; tal y como el músico se enfrenta a la interpretación diaria de una partitura, idéntica en sustancia, pero afortunadamente rica en esencias ya que, parafraseando a Heráclito, ningún encuadernador puede ser capaz de encuadernar dos veces el mismo libro.

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